El 15 de febrero la Galería de la Universidad Autónoma de Baja California, Tijuana, México y la USC Fisher Gallery, en Los Ángeles, California, EUA, inaugurarán de forma simultánea “Match Dual Presence”, el trabajo artístico (video, instalación, gráfica y pintura) del creador oaxaqueño Demián Flores, acompañado por Los Chivos y José Hugo Sánchez.
Partiendo de la idea del mestizaje y la hibridación cultural y usando la ironía como estrategia de combate (posición que a decir de Octavio Paz, en el “Laberinto de la Soledad”, se percibe como parte de lo que da identidad a lo mexicano), Demián Flores mostrará de forma simultánea (binacional) una serie de postulados estéticos que giran en torno a la reflexión y la crítica como herramientas de lucha contra los espacios globales.
En palabras del artista la idea es proyectar “el desdoblamiento entre las dos fronteras generando una visión diferente de una misma pieza”, es por eso que en ambas muestras habrá piezas (instalaciones y video instalaciones) que sean complementarias.
Flores se define como juchilango, quizá fue por este mestizaje paralelo con lo chicano (apuntese Guillermo Gomez-Peña) que Olga Margarita Dávila, una de las curadoras que más ha trabajado con creadores que aluden a lo fronterizo, lo invitó a exponer en Los Ángeles, California.
Dávila no fue la única que percibió este paralelismo, Selma Holo, directora de la Fisher Gallery de la University of Southern California, en su libro “Oaxaca at the Crossroads: Managing Memory, Negotiating Change,” dedicó un capítulo a los nuevos artistas oaxaqueños, aquellos que según su punto de vista podrían tener gran impacto no sólo en su lugar de origen, también en una comunidad global.
Las imágenes de Flores fueron de las que más impactaron en Holo, por su absoluta contemporaneidad, por su sentido de pertenencia y por apelar a la condición humana. “Demián Flores es un ciudadano del mundo que cabe dentro de la cultura globalizada. Pero tiene raíces profundas, y nosotros, en California, necesitamos de alguien que nos enseñe el valor de esas raíces”.
En la obra de Demián Flores se percibe la idea del lenguaje y la hibridación ligada directamente con un proceso de vida (nació y creció en Juchitán, Oaxaca y después emigró a la ciudad de México) en donde tuvo que confrontar distintas formas de realidad, que a la larga sirvieron como impronta para poder trabajar la idea del mestizaje creando metáforas de lo contemporáneo y su impureza como concepto.
En entrevista Demián Flores puntualizó: “Mis preocupaciones son parecidas a las de los artistas fronterizos (chicanos y tijuanenses), pero con una idea del mestizaje un tanto más apartada de la frontera”.
Lo de Flores tiene que ver más con el choque cultural más que con la fusión, donde la interpretación de los iconos se interponen, no se fusionan. Por eso, usando la idea de la identidad, los desplazamientos (la migración), el creador oaxaqueño certifica la tesis de cómo estos fenómenos modifican o transforman las culturas regionales y cómo esto, a su vez, provoca que el artista recreé su propia cultura”. En este trabajo se perciben derroteros que desembocan en Juchitán y la ciudad de México.
Los temas en las dos muestras son los mismos que ha usado en sus series “Novena” (béisbol), “Cambio de Piel” y “Arena Oaxaca” (lucha libre),“Monte Albán” (juego de pelota y el box), así como “Defensa Personal”, su más reciente trabajo.
La muestra, aseguró, “es más un producto cultural que una exhibición, porque la creación tiene que ser pensada como un discurso social para que llegue a un público más amplio”.
De lo anterior dan fe las intervenciones y los traslados de espacios públicos populares a sus homólogos de exhibición formal de arte (metió un cuadrilátero de lucha libre al Museo de la Ciudad de México; llevó el espacio museístico al parque de béisbol de la ciudad de Oaxaca; expuso su obra dentro dentro de la embotelladora Pascual-Boing).
“Son estrategias para incidir en la gente porque no creo en la obra que va de la galería al muro del espectador, yo creo que la obra puede encontrar distintos caminos o ciclos dentro de la sociedad, ese es su valor documental”.
En Tijuana y Los Ángeles se plantea articular una mecánica similar para poder acceder a la comunidad migrante mediante talleres, conferencias, exhibiciones e intervenciones de espacios facilitados por la comunidad de migrantes en ambas ciudades.
Es por eso que gracias a la iniciativa del departamento de Historia del Arte de la USC ha impulsado una serie de actividades artísticas para vincular ambas entidades que pueden ser consultados directamente en su página web: www.usc.edu/fishergallery.
Inspirado en una anécdota de la huelga ferrocarrilera de 1959, Elena Poniatowska, Elenísima, presentó en el marco de la edición XXVI de la Feria del Libro de Oaxaca su más reciente obra literaria: El tren pasa primero, y no sólo eso, compartió con la gente que asistió a verla y nos regaló una entrevista donde confirma su pasión por la palabra y su amor por México.
Nacida en París, Francia, el 19 de mayo de 1932, hija de la finada Paula Amor y del descendiente del último rey de Polonia, el príncipe Jean E. Poniatowski, radica en México desde 1942 —se nacionalizó mexicana en 1969— donde ha aguzado el ojo para esgrimir la pluma en favor de aquéllos sobre los que nadie escribe: los olvidados, sólo basta revisar su catálogo literario: Las lavanderas, un cuento que retrata a las mujeres humildes; o la novela Hasta no verte Jesús mío, donde da voz al personaje de Jesusa Palancares, una soldadera que participó en la Revolución Mexicana. Y qué decir de Tinísima, donde se convierte en la vocera de las pasiones de Tina Modotti, o Las siete cabritas, ahí hace lo propio con Frida Kahlo.
Y es que para la escritora y periodista, los personajes femeninos de sus obras retratan a mujeres con una gran fortaleza espiritual, porque en México se respira patriarcalismo y éstas no son tomadas en cuenta. “Este país sin las mujeres se caería en pedazos porque las mujeres son como el resistol: un elemento aglutinador”.
Incluso, dijo, que todos los líderes políticos han sido “muy machos”, por eso es “rechasadísimo” lo que sucede ahora con Fox y Marthita: “Él la consulta y la pone en primer lugar. Lo malo es que ella no es lo suficientemente inteligente para saberlo manejar, si fuera más capaz estaríamos viendo un milagro, pero lo único que vemos es a un hombre muy enamorado de su mujer y eso no había sucedido en la política mexicana con una primera dama, que dicho sea de paso es horripilante el título, porque ellas sólo se dedican a los desayunos del DIF y muchas veces comparten a su hombre con la casa chica, y eso todo mundo lo sabe: el hombre que está en el poder siempre tiene su amante”.
Contrario a lo anterior y por herencia familiar, Poniatowska es una mujer de estirpe y gran fortaleza. Cuenta que su madre perdió a su único hijo varón (Jean) y siguió adelante, y su hermana tuvo que enfrentar la parálisis de su primogénito cuando éste tuvo un accidente automovilístico a los 18 años.
Es por eso que, convertida en una de las intelectuales más activas de México, una vez más, revela en esta su nueva entrega parte de la huelga ferrocarrilera de 1959 que encabezó el desaparecido líder oaxaqueño Demetrio Vallejo —Trinidad Pineda Chiñas en la novela— con quien dialogó en repetidas ocasiones cuando éste estuvo preso en la desaparecida cárcel de Lecumberri.
Literatura y periodismo
La cronista del terremoto del 85 y del conflicto de Chiapas, ha sabido cruzar esa línea invisible que divide la literatura del periodismo. “Para mí es mucho más fácil hacer una novela que hacer periodismo, pero el periodismo es mi oficio y si una escribe cosas que no son exactas es posible que alguien te diga que lo hiciste, aunque ahora es más difícil caer en ello porque ya existen las grabadoras, pero una vez que le sabes al periodismo se sigue haciendo.
Poniatowska también ha declarado que no quiere morir sin haber escrito un buen libro, y esa es su búsqueda permanente. “Yo nunca siento que lo que hago dé como resultado un gran libro por eso sigo escribe y escribe, aunque soy horriblemente autocrítica y serlo a veces nos autodestruye.
El proceso creativo de Poniatowska
“Los escritores son unos hígados porque muchos son muy pretensiosos; seguramente muchos son borrachos y drogadictos, porque está de moda, pero el oficio de escritor requiere aislamiento y trabajo disciplinado. Escribir es mi oficio desde principios de los cincuenta, como el de un carpintero o un cocinero, se aprende y se practica, pero si yo no fuera periodista quizás no me hubiera acercado tanto a los temas de la realidad mexicana, de tal modo que siempre se aprende mucho; además hago muchas entrevistas y de ahí saco mucho material y lo que no saco pues lo invento, en el aire las compongo”.
México en el hoyo
Haciendo referencia a El tren pasa primero, donde retrata a un México de fines de los cincuenta que “está en el hoyo”, la autora afirmó que con el paso del tiempo las cosas no han cambiado: “Seguimos en el hoyo, todo es igual, la misma corrupción, el mismo desprecio al trabajador, la misma falta de respeto al ciudadano, el voto que se roba, todo es lo mismo.
Y aunque le duelen la desigualdades, siente un gran amor por México —quizás porque no nació aquí y no deja de asombrarse de él— y por sus hijos y sus diez nietos —uno ya murió (Rodrigo), pero lo sigue contando para que no deje de existir—. “Pero también siento amor por lo que se descubre, por el oficio y la página en blanco; por el encuentro, la mirada y el diálogo con el otro”.
Poniatowska vs da Jandra
La cuestionamos sobre ciertos comentarios vertidos por Leonardo da Jandra durante su participación en el Encuentro de Escritores donde en compañía de otros tantos aportarían su visión crítica sobre la literatura actual —más bien fue un divertimento, una payasada que mantuvo entretenidos a los asistentes—, pero ahí, el autor de Huatulqueños destacó que algunas escritoras entre ellas Poniatowska y Loaeza tienen preocupaciones banales (como pintarse las uñas) y a él le gustaría que “fueran a arrastrar sus culitos” por el Parque Ecológico Huatulco.
A esto Poniatowska destacó: “Da Jandra se equívoca, todos mis libros han sido de compromiso social, desde La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio. Así que si hay una escritora con compromiso social en México, esa he sido yo”.
Y agregó: “Hay quien jala el mantel hacia sí mismo, pero también se podría decir que ocuparse sólo por una reserva ecológica es rechazar cualquier otro compromiso social, es no estar entre la gente, no vivir y sentir lo que ellos viven y sufren”.
A diferencia de Christopher Domínguez, Poniatowska conoce la obra de da Jandra, sólo “superficialmente”, y los conflictos que puedan haber entre escritores es lo que ella llama “la pequeña historia de la literatura mexicana: chismes. X odia a Z y Z quiere matar a Y, pero yo la verdad prefiero no meterme porque no tengo tiempo, prefiero dedicarlo a mi oficio. Pero yo opino que Christopher Domínguez es un buen crítico literario.
La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio
A partir de esos libros comenzó a tener un grupo de jóvenes que la seguían a todos lados, porque el movimiento de 68 marcó la vida de muchísimos mexicanos. “Fue un parteaguas, un peldaño de la escalera hacia la democracia porque a todos los presidentes les preguntaban que opinaban de la matanza de Tlatelolco y todos tenían que tomar en cuenta a los estudiantes” —habrá que recordar que siendo presidente Luis Echeverría, secretario de Gobernación durante la masacre de 1968, le concedió el premio literario Xavier Villaurrutia a Elena Poniatowska en 1971, por La noche de Tlatelolco, pero ella lo rechazó, diciendo que quién iba a premiar a los muertos.
AMLO
En materia de política Poniatowska le tiene fe a Andrés Manuel López Obrador. Y si éste llegará a la presidencia se esclarecerían muchos temas, “pero sus prioridades serían que se cumplieran los acuerdos de San Andrés, el tema de los diez millones de indígenas le interesa mucho”.
Pero ¿qué le da la certeza de que López Obrador sí cumplirá sus promesas de campaña y no está haciendo lo que históricamente han hecho los candidatos a la presidencia? “No tengo ninguna certeza, lo que tengo es esperanza y desde luego la tengo porque he visto que ha cumplido lo que dijo que iba a hacer; dijo que haría segundos pisos y los hizo, dijo que ayudaría a los ancianos con pensiones y lo hizo, es decir que es un hombre que no robó y no sólo eso sino que consiguió dinero y está dispuesto a escuchar a los demás”.
Y aunque se habla mucho de populismo, “primero deberíamos definir qué diablos es populismo, porque es evidentemente es un ataque en contra de López Obrador, ¿por qué no mejor se ataca a Felipe Calderón? Lo que sucedió con Montiel y Madrazo y a su vez el pleito de éste con Elba Esther Gordillo, le redujo votos al PRI y el único beneficiado en esto es Calderón porque todavía no le ponen etiqueta como a López Obrador”.
Finalmente, dijo que al país lo que le conviene no es un gobierno de derecha o de izquierda, “más bien uno que no saquee al país y no se aproveche del poder, que deveras ayude a los más necesitados, y yo creo que en ese sentido López Obrador no le quiere quitar nada a nadie, los empresarios y los banqueros son los que le tienen miedo… Pero definitivamente creo que ni el PRI ni el PAN tienen posibilidad de retomar el poder, al menos yo toco madera y espero que no lo retomen”.
Migración
El pasado 24 de abril López Obrador manifestó que le interesa que regresen a su país los mexicanos en el exterior, “que haya fuentes de trabajo y vidas dignas para todos”. Esto Poniatowska lo apoya totalmente, aunque quizás los migrantes no tengan el deseo de regresar —eso se atisba en la cantidad de registros que se han llenado para votar desde el extranjero, en EUA menos de mil— “porque Estados Unidos es un melting pot de las culturas”.
Y apuntó: “Sucesos como los actos violentos en París, Francia, tienen mucho que ver con nosotros porque son actos de racismo en contra de las minorías, los migrantes se van a Estados Unidos porque se están muriendo de hambre y en su país no los pueden alimentar: el racismo se ha convertido en el mayor mal de la humanidad”.
Problema México-Venezuela
“Ese es un problema de puntadas y debilidades de presidentes, la puntada de Hugo Chávez y la debilidad de Vicente Fox que en vez de jugar la carta de América Latina prefiere jugar la carta de Bush que es una carta marcada, remató la primera mujer que recibió el Premio Nacional de Periodismo (1979).
Como un doble ejercicio apoteótico, en donde la tierra (el barro) reemplaza y homenajea a aquellos que abandonan sus lugares de origen: sus tierras, para ir a buscar el american dream, Alejandro Santiago (1964) presenta, como parte de la celebración del XIV aniversario (24 de febrero, 19:30 horas) del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) parte de la serie que lo ha hecho acreedor del reconocimiento de la Fundación Rockefeller: 2501 migrantes.
Tres años le ha tomado a este creador oriundo de Teococuilco de Marcos Pérez, Sierra Norte, reconstruir a su familia y a su pueblo mediante las piezas de este proyecto. Pero aquellos 2501 migrantes que se han ido formado en una casona al final de unos terrenos donde se cultiva alfalfa, rábano y tomate, en el municipio de Santiago Suchilquitongo, Etla, por fin encontrarán el camino, el reconocimiento, la mirada aguzada de un tema que es reflejo de una realidad clausurada, al menos para los creadores empecinados en elaborar fantasías estéticas sin ningún peso discursivo —pareciera que en Oaxaca no pasa nada y nuestros “artistas” siguieran en una miopía cómoda en la que la tradición y el imaginario son la totalidad o la certeza para una vida carente de frugalidades.
Para Santiago el arte se funde con la protesta social en un crisol de tierra árida en el que las comunidades oaxaqueñas se perfilan ante sus ojos como llanos en llamas que recuerdan los trazos rulfianos.
Santiago es uno más de los que abandonó la tierra siendo un niño para ir a complementar su educación básica a la ciudad de Oaxaca, donde descubrió la pintura. Pero memoria es origen y tuvo que regresar veinte años después para observar que debido a la migración muchas cosas habían cambiado, “desaparecieron todas las veredas llenas de piedras que recorría cuando era niño”.
A pesar de ello, asegura, que “la migración es un mal necesario consecuencia del sistema; es una realidad absurda necesaria en las sociedades…la culpa la tiene el gobierno por no implementar políticas públicas para detenerla”.
Y si bien la crítica puede concebir el proyecto como una remembranza de los milenarios Guerreros de Terracota desenterrados de la tumba de Qin Shi Huang; o de los famosos Moais, gigantescas figuras humanas de piedra descubiertas en la Isla de Pascua en 1722; tal vez también relacionarlo con los Atlantes de Tula o con las colosales cabezas Olmecas, 2501 Migrantes es por sí mismo un estudio antropológico y una manifestación del más alto sentido humanístico, concebida tras un fuerte análisis del fenómeno social que es la migración.
En voz de Santiago 2501 Migrantes “es un homenaje a los caídos en la línea, la dignificación por los que ya están allá y son discriminados, y la reflexión por los que se quedan. Cada escultura pretende reflejar a cada uno de nosotros con ellos, a ellos en su desnudez como migrantes, y a nosotros como parte de la realidad que vivimos”.
2501 migrantes ha convocado además la participación de muchas manos (artesanos) revirtiendo así la tendencia que los podría llevar a emigrar.
Con la exposición de 2501 migrantes, el MACO festeja su XIV aniversario y se suma al extraordinario esfuerzo de Santiago por lograr que el arte recupere la fortaleza de influir en nuestra sociedad —la única migración debiera ser la de estas piezas a otras sedes como rúbrica del fenómeno— al incluir en su agenda una serie de actividades cuyo tema central será la migración.
Hasta que lo conocí en Oaxaca y observé a fondo su trabajo tuve oportunidad de corroborar lo que la crítica alguna vez había escrito acerca de Francisco Toledo: “Es un artista lujurioso y tierno, primitivo y civilizado”. Yo pensaba, ¿qué clase de ser puede comulgar con semejantes afirmaciones? Pero sí, aparte de ser uno de los artistas e intelectuales contemporáneos más importantes y representativos, y un incansable luchador para la preservación del patrimonio y la generación de espacios, su obra ha sabido integrar el discurso de las vanguardias europeas con la tradición más autóctona, yendo y viniendo de la ruptura y la continuidad de la cultura indígena como máximas de su producción, aunque siempre ha sido un creador autónomo a movimiento cualquiera. Como preámbulo y a manera de resumen breve diré que Francisco Toledo nace en Juchitán, Oaxaca, en 1940. A los diecisiete años estudia en la Ciudad de México en el Taller de Grabado de la Escuela de Diseño Artesanías del Instituto Nacional de Bellas Artes. Sus primeros grabados los realiza en Oaxaca, en el taller de Arturo García Bustos. En 1960 viaja a París en donde permanece 5 años. En 1964 expone por primera vez en la ciudad luz, y un año después regresa a México para trabajar en su pintura, grabado, escultura y cerámica, así como en el diseño de tapices que realiza con los artesanos de Teotitlán del Valle, Oaxaca. En 1977 se instala en Nueva York, EUA, por una corta temporada, ciudad a la que regresa en 1981 para concentrarse en la cerámica. En 1983 presenta en la Galería López Quiroga el libro El Inicio, con grabados originales, y en 1986 la exposición Lo que el viento a Juárez, la cual fue exhibida en 1996 en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO). En 1997 es presentada la muestra Francisco Toledo/La Fragilidad del Alma en la XLVII Bienal de Venecia, Zoologie Fantastique en el Centro Cultural de la Embajada de México en París e Insectario 1995-1996 , nuevamente en el MACO. En agosto de 2001 Toledo se traslada a Los Ángeles, California, EUA, con la intención de pintar durante un año, producto de ello fue la exhibición Francisco Toledo/Pintura Reciente, en julio de 2004, teniendo como sede Galería Quetzalli, en Oaxaca, mismo espacio donde en junio de 2005 mostró Informe para la Academia, su más reciente trabajo gráfico inspirado en el título homónimo de Franz Kafka donde éste narra la historia de un gorila que se transforma en hombre no para alcanzar la cima de la condición animal, sino para encontrar una vía de salida para su incómoda posición de enjaulado. Esta última muestra da cuenta del interés de Toledo por abrevar de la literatura, como anteriormente lo hizo con Jorge Luis Borges y el casi centenario, Andrés Henestrosa. Durante varios años Toledo ha impulsado la creación de espacios destinados al arte y la cultura: La Casa de Cultura de Juchitán, El Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, El Instituto de Artes Gráficas, El Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, La Biblioteca para Ciegos Jorge Luis Borges, El Cine-Club El Pochote, La Fonoteca Eduardo Mata, El Jardín Etnobotánico, El Patronato Prodefensa del Patrimonio Natural y Cultural del Estado de Oaxaca (Pro-Oax) y, recientemente, lo que será su más grande proyecto: El Centro de Artes de San Agustín, en la comunidad del mismo nombre, en Etla, Oaxaca, que estará listo antes de finalizar 2005 y será una de las más importantes sedes para la formación de artistas en el país. Para propios y extraños ya es común verlo caminar todas las mañanas por el centro de Oaxaca, con las manos en la bolsa y sus zapatos desamarrados —ya casi no usa huaraches—, en mangas de camisa y con un pantalón de manta o gabardina; con su cabello alborotado y la barba medio crecida. Así es Francisco Toledo, un genio carente de pretensiones que, a pesar de dar entrevistas casi todos los días, sigue siendo tímido cuando alguien le acerca una grabadora de mano para preguntarle algo, cualquier cosa, o lo hace sujeto de una fotografía —a veces hasta se echa para atrás y mira al cielo como clamando un poco de paz. Pero hubo un tiempo en que hacia exactamente lo mismo sólo que en un escenario distinto: la ciudad de México. Así que, sentados “en la sombrita”, en una mesa del patio del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), Francisco Toledo relata cómo fueron esos días en la ciudad más grande del mundo y surrealista por antonomasia. Él narra: Cuando llegué a la ciudad de México, viví en Obrero Mundial, cerca del parque del Seguro Social, donde radicaba toda una colonia de gente de Ixtepec, Oaxaca. Yo caminaba por esas calles siempre sólo porque los paisanos no compartían los mismos intereses; ellos acostumbraban a charlar de fútbol y a mí eso no me interesaba, y con el mundo de la intelectualidad no me relacioné con nadie porque era tímido, muy inseguro de mí mismo. Yo inicié la secundaria en Oaxaca, pero al llegar a la ciudad de México tuve que recomenzarla porque los planes de estudio eran distintos y debía álgebra de segundo año. Ya tenía 17 años y tuve que estudiar con niños de 12 o 13 años. Recuerdo que esa secundaria estaba en avenida Izazaga, cerca del Claustro de Sor Juana Inés. Esa área, a pesar de que había muchas prostitutas y bares, era muy bonita. Me gustaba mucho caminar por San Juan de Letrán (Eje Central) hacia el Zócalo, aunque también tendía mucho a ir a la Zona Rosa porque yo expuse por primera vez en la galería de Antonio Souza, que estaba por ahí, pero también porque estudiaba italiano en el Instituto Dante Alighieri, ya que había decidido viajar a Europa y estudiar en Roma, Italia, pero una vez ahí me trasladé a París, Francia.
A.M.: ¿Qué personajes estuvieran cerca de Francisco Toledo durante su estancia en la ciudad de México y qué le dejaron?
F.T.: Los personajes que más influyeron en mí fueron los artistas que yo encontraba en el taller de la Ciudadela, Emilio Ortiz, Luis López Loza, Alberto Gironella. Pero como yo no hablaba mucho, me dedicaba a escuchar sus conversaciones y a observar todo lo que podía de ellos, de algún modo todo eso me ayudó.
A.M.: ¿Cómo percibe ahora a la ciudad de México?
F.T.: La ciudad de México para mí no significa mucho afectivamente porque las zonas donde yo viví ya desaparecieron, ahora hay puros edificios, además como vivía entre el viaducto en una zona clasemediera sin chiste no hubo nada sentimental. Pero la parte que sí me ha tocado es el Centro Histórico, porque cuando tenía cinco años me enfermé de la garganta, de un quiste o de los bronquios, no recuerdo qué cosa era, así que tuvimos que ir a la ciudad para tratarme. Nosotros vivíamos en la colonia Guerrero, pero teníamos unos familiares que vivían atrás del Palacio Nacional y seguido íbamos a verlos. Recuerdo que caminábamos por San Fernando por la calle que pasa detrás de La Alameda. Eso es lo que recuerdo: la vida de los vecindarios, por eso siempre que voy a la ciudad de México aprovecho para ir al Centro Histórico, porque me mueve, me toca.
¿De qué manera marcó su desarrollo creativo su estancia en el Distrito Federal?
F.T.: Bueno, yo viví en el Oaxaca de los cincuenta que en realidad era un mundo cerrado porque no se veía nada más allá de Monte Albán, Mitla y la arquitectura colonial; y aunque de repente llegaba alguna exposición itinerante y pude ver aquí los primeros cuadros de Diego Rivera y Doctor Atl, en la Escuela de Arquitectura, realmente las únicas enseñanzas artísticas estaban en las iglesias y el arte popular. Pero al llegar a la capital del país todo cambió, empecé a conocer el trabajo de los muralistas y lo que se exhibía en las galerías y museos. Eso también me dio la oportunidad de conocer a gente con las mismas inquietudes que yo y a través del diálogo y la convivencia en los talleres me aportaron mucho, así que, aunque breve la ciudad de México fue muy importante para después llegar a Europa.
A.M.: ¿Una vez qué regresó de Europa cuáles fueron sus preocupaciones inmediatas?
F.T.: De regreso de Europa llegué directo a Juchitán y comencé a retratar mi entorno; luego fui a Teotitlán del Valle, Oaxaca, para trabajar tapetes con diseños y colores distintos a los tradicionales.
A.M.: ¿Y cómo comenzó el interés de Francisco Toledo por crear espacios culturales y artísticos?
F.T.: Todo comenzó porque decidí crear una colección de arte, prehispánico principalmente. Más tarde, gracias al apoyo de mucha gente involucrada, se pudo echar a andar La Casa de Cultura de Juchitán, un cineclub, bibliotecas para niños y adultos, y una revista. Ese fue el inicio de lo que se ha hecho en Oaxaca, pero también fue gracias a que mi obra comenzó a subir de precio y eso me permitió comprar esta casa y buscar otro tipo de apoyos, siempre más ligados a lo federal que al Gobierno del Estado.
A.M.: Con todos esos espacios las nuevas generaciones tienen ciertas ventajas pero, ¿qué pasa con las generaciones posteriormente inmediatas a Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto, Francisco Toledo y Rodolfo Morales?
F.T.: Los pintores de Oaxaca tienen un espíritu y una sensibilidad común: un sentido del color y la textura que los distingue inmediatamente de otros pintores. Quiero creer que es algo natural y no una impostura o la repetición de una formula que tiene éxito comercial. Sin embargo habrá que ver a la distancia a las nuevas generaciones, a los jóvenes y no tan jóvenes, para ver qué va a pasar con ellos. Aun así, es imposible negar lo parentescos y creer que uno nace de la nada puesto que todos los que están cuestionándose lo que hacen y buscando nuevas formas de discurso tenemos un cierto aire de familia.
A.M.: ¿Es real que muchos artistas oaxaqueños siguen cierta fórmula estética para satisfacer sus necesidades comerciales y no sus procesos creativos?
F.T.: Bueno, hay un mercado para este tipo de obra así como hay un mercado para alebrijes y barro negro, así que no le veo lo negativo a que alguien pueda vivir de retomar estas características porque se aceptan casi a ojos cerrados. Pero no sé, (suspira)… cada quien con su consciencia y su artesanía, aunque no creo que las obras de un Sergio Hernández o un José Villalobos se vendan como si fueran alebrijes. Lo cierto es que sí hay obras de algunos artistas que entran en un mercado fácil porque lejos de observarse la firma se venden porque presentan los colores tradicionales del arte oaxaqueño: el rojo, el cobalto y el ultramar que tanto uso Tamayo. Para mí también ha significado una lucha deshacerme de ciertas fórmulas así que sería pretencioso decir que mi trabajo podría ser ejemplo para futuras generaciones.
A.M.: ¿Y qué pasa con los más jóvenes, las generaciones que están usando otro tipo de medios y técnicas para crear?
F.T.: No he tenido oportunidad de ver más allá de Demián Flores, pero ya para abajo no sé qué esté pasando, pero pasaré a ver la muestra de arte joven que se exhibe en MACO (TodoTerreno). Pero creo que es normal que los más jóvenes presenten en sus obras otras preocupaciones puesto que están viviendo otras influencias y otra apertura que nosotros no vivimos; de hecho yo tengo dos hijos que no pintan alebrijes: Jerónimo (Doktor Lakra) y Laureana Toledo, (ambos hijos de su ex esposa, Elisa Ramírez a quien conoció en 1968 tras haber llegado a Oaxaca huyendo de la persecución de Tlatelolco), ellos son artistas que sus obras no tienen que ver con lo que hago, sin embargo, como nacieron en el Istmo y crecieron en esta casa (el IAGO) rodeados de mi trabajo, están ligados a Oaxaca.
A.M.: ¿Pero cómo es que se dio la efervescencia que en los últimos años ha colocado a Oaxaca en la mira del mundo del arte? ¿Será acaso Oaxaca, después del Distrito Federal, la sede del arte más importante del país?
F.T.: Entre más tendencias e inquietudes haya más oportunidad tendremos todos de alimentarnos de lo que está llegando a Oaxaca. Pero esa efervescencia es el resultado de que Sergio Hernández, Luis Zárate, José Villalobos, Rodolfo Morales y yo, llegamos a vivir aquí y empezamos a crear la atmósfera Oaxaca, seguida de apertura de espacios gracias a los cuales se pudo traer obra e información que antes era imposible de apreciar o consultar en el estado; ahora no es necesario salir para tener conocimientos amplios del arte, pero sigue habiendo limitaciones porque, a diferencia de Guadalajara y Monterrey, en Oaxaca no contamos con las instalaciones para recibir y resguardar colecciones de grandes museos.
A.M.: ¿Qué me dice del éxito?
F.T.: El éxito no vino de la nada, todo fue pasito a pasito, pero sin duda el éxito de mi trabajo ha ido beneficiando a las instituciones que constantemente están creciendo. Pero el éxito no es mi culpa.
A.M.: ¿Persiste la búsqueda de nuevas formas y medios en su creación?
F.T.: La búsqueda sigue manifestándose en mi trabajo y si alguien pregunta por ella ahí (su obra) la puede encontrar.
A.M.: ¿Qué hubiera pasado si Francisco Toledo no hubiera hecho lo que ha hecho por el arte, la cultura y el patrimonio de Oaxaca?
F.T.: Seguramente alguien más lo hubiera hecho porque tanto los buenos ejemplos como los malos se reproducen, así que yo creo que el buen ejemplo de Rufino Tamayo, habiendo comprado una colección de arte, creado el Museo de Arte Prehispánico y el asilo de ancianos, son cosas que se tienen que repetir porque esa buena intención siempre acompaña a los artistas. Ahí está también el ejemplo de Pedro Coronel o de Felguerez en Zacatecas, así que si no hubiera habido Toledo hubiera habido Pérez o López u otro.
A.M.: ¿Francisco Toledo ha pensado qué pasará con esos espacios que ha impulsado cuando ya no esté?
F.T.: Sí lo he pensado porque sucede con muchos artistas que al morir hay un desinterés por sus espacios, ya que si no dejan el dinero y a la gente indicada pueden venirse abajo. Por eso conforme pasan los años hay que ir preparando todo para dejar los dineros, porque uno no sabe si los hijos o los familiares se van a interesar o no, o quizás habrá que buscar amigos que formen fundaciones para que se proteja la obra y la hagan crecer; en México hay muy pocos casos de instituciones particulares que crecen aun sin estar el que las inicio. También habrá que dejar las propiedades en orden en términos legales para que luego no vengan las viudas, los hijos o los medios hijos a pelear las casas o las colecciones (risas)… Pero espero tener un tiempo para meditar bien y tener todo en orden antes de decir adiós.
Con esa última respuesta y moviendo sus brazos de un lado a otro Francisco Toledo dio por terminada la entrevista.
Aquí una animación de la obra de Francisco Toledo.
Luego de exhibir en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) en 1995, y de haber sido invitada por Francisco Toledo para trabajar en el Taller de Papel de San Agustín, Etla, en 2004, Irma Palacios (Iguala, Guerrero, 1943) regresa a Oaxaca para presentar en la Galería Quetzalli lo que bajo el título de La Cifra y el Signo, es un cumplido para quien fuera uno de sus más grandes apologistas y amigo, el dramaturgo y ensayista, Juan García Ponce (1932-2003).
Alguna vez García Ponce apuntó que la obra de Irma Palacios “no se ocupa de ofrecernos nada nuevo -en el sentido de que sus obras sean sorpresivas o diferentes-, al contrario, nos coloca frente al puro y antiguo goce de la materialidad de la pintura, sobre este punto podríamos detenernos indefinidamente”.
Tiempo después, en 2002, en un homenaje que varios artistas le rindieron en vida al escritor en la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles, Palacios se propuso: “escribir un cuadro a su amigo”. Con trazos a manera de signos de caligrafía generó piezas muy distintas a aquellas llenas de color y materia que llevaron a la crítica a reconocerla como “la poeta de la tierra”. Ahora esos paisajes abstractos se han diluido y purificado en un proceso vital en el que “uno va siendo mucho más esencial”; sin saberlo, en este ejercicio encontró otra veta para crear y, al mismo tiempo, para honrar al fallecido escritor, autor de innumerables novelas, ensayos, obras de teatro y antologías.
De este mismo trabajo, la crítica de Teresa del Conde ha señalado que es un homenaje a la escritura, “conminándola a una metamorfosis que tiene que ver con los ritmos, con las estructuras visuales del quehacer escrito, con las incidencias de la luz sobre el papel. Lo ha hecho sin utilizar el alfabeto romano, ni el griego, ni el cirílico. En realidad no utiliza ninguno”. Y como en todo ejercicio creativo los procesos se van siguiendo unos a otros, en Irma Palacios eso ha sido una máxima en la que ya prevé que una vez que agote lo que mediante su obra le tiene que decir a García Ponce, desarrollará una serie de ideas sobre el desierto. Esto también lo atisba del Conde cuando dice que a Palacios “la inspiran los cangis y ciertas escrituras muy antiguas, casi arcaicas, como muy posiblemente la inspiran también las regiones remotas donde se originaron”, quizás los desiertos de la antigua Mesopotamia, el lugar a donde se dirige su obra.
Un nuevo diagnostico emerge cuando Irma Palacios dice: “voy en un proceso en donde me gustaría llegar a la nada, a no necesitar nada, pero decir mucho”. La intencionalidad nacida de la conciencia que introduce a la nada como discurso es acaso también, a fuerza de un conocimiento amplio del trabajo, un proceso en el que se asume y separa de él como parte de un devenir racional.
La Cifra y el Signo es una muestra en la que la mente elimina lo que el ojo registra, sólo sugerencias estéticas que se abren a la posibilidad, para que, como ella misma comentó: “sea el espectador el que las cierre, cada uno de ellos lo hará de acuerdo a su parecer (risas)…estoy loca”.
Lo interesante de una pintura es la posibilidad que ésta tiene de conmover, por eso la repetición de fórmulas y los discursos dados (el indigenismo, la Conquista, las tradiciones) son manifestaciones sin evolución. Consciente de ello Palacios afirma: “yo no puedo estacionarme en un cuadro que se vende y reproducirlo toda mi vida… trato de ser coherente y ser libre para experimentar”. Como Sísifo condenado a subir eternamente su piedra, así estamos los hombres, condenados a la libertad de construirnos a nosotros mismos a cada instante.
Y para hacer evidente la libertad creativa y dar seguimiento al curso de su obra, Irma Palacios se encamina, como ella asegura, a la nada: “voy hacia el desierto que es la nada, que no es cierto que es la nada, es otro mundo diferente…” Tal vez homologando lo que escribiera García Lorca: “Los laberintos que crea el tiempo se desvanecen. (Sólo queda el desierto)”.
Desde que Miguel Castro Leñero presentó Pinturas y Dibujos en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) en 1994, tuvieron que pasar 11 años para que se pudiera apreciar una exhibición individual de este artista egresado de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Ahora lo hace en Bodega Quetzalli con Casa Intervenida.
Casa Intervenida es un ejercicio que hurga en la imagen más arquetípica de casa, para desplegarla de forma elemental, y así establecer un lenguaje a través del icono. Hacerlo no ha sido simple. Por un lado, porque significa un reto sacar de su contexto una imagen tan convencional; y por otro, porque es un análisis que replantea a la casa como una estructura que se va rehaciendo o remodificando. Por eso, Casa Intervenida es un espacio humano personal que, a pesar de cierto amortizaje, está sujeto a modificaciones dentro de su mismo ámbito conceptual.
Castro Leñero siempre ha buscado crear formas poéticas que trasciendan el sentido convencional de la imagen y su espacio. Su más reciente muestra en Bodega Quetzalli no es la excepción. Y aunque la obra ha sufrido ciertos procesos que han ido modificando el planteamiento de un concepto inagotable, su estrecha vinculación con lo perceptivo puede definirse dentro de un mapa mental que llevamos en la cabeza y que no hace otra cosa que desintegrar el plano que queda almacenado en nuestra memoria.
La muestra la integran una serie de dibujos, óleos y arte objetual: dos piezas tridimensionales hechas en madera de cimbra intervenidas con agarraderas y alambrón, que el mismo planteamiento le fue exigiendo, pero que, a decir de Castro Leñero, “cumplen con un discurso estético dado por el entendimiento de la lógica del objeto”.
Trabajar la línea y el color a partir del planteamiento fermentado por la imagen arquetípica ha sido una suerte de deconstrucción de ésta para luego ensamblarla de diferentes maneras, como él mismo lo subraya: “que las ventanas no coincidan o los cimientos estén movidos o no sean estables, es una metáfora que alude al ser humano, a nuestra falta de estructura personal y a nuestra debilidad”.
Bien dijo Alberto Blanco de la obra de Miguel Castro Leñero: “Sin el horizonte convencional de la pintura —a la vez reconociendo que toda pintura no es sino una convención— cada presencia confirma aquí la fe en un orden natural, simple y terreno”. Fiel a lo anterior, Castro Leñero sigue sus ya firmes directrices de construcciones estéticas simples y elementales, como lo ha hecho con los registros mentales de montaña, nube, flor, etc., pero ahora alude al color de una manera más rigurosa, quizás en respuesta a una consciencia más amplia y compleja en la que el ejercicio no es la pintura por la pintura sino como él mismo ha sentenciado: “un ejercicio que busca impregnar la pintura de una sustancia inteligente”.
Este trabajo, en el estricto sentido, no es inventivo. Es la reedición de formas provocadas a partir de investigaciones formales sobre lo existente como símbolo, en busca de establecer, en una suerte de ciencia de la forma y el concepto, replanteamientos examinados por el rigor de la poesía y la estética.
—Disculpe señora, andamos buscando a don Alejandro Santiago, el señor que hace esculturas —le preguntamos a una señora cuarentona que despachaba golosinas a unos niños en un estanquillo en Santiago Suchilquitongo, municipio de Etla, Oaxaca. —¿Esculturas? —nos replicó. —Sí, es un señor que está haciendo muchas esculturas de barro —le insistí. —Ahh, sí. Es el que está haciendo los monos de lodo. Ese señor vive allá arriba, en un camino de carrizales, pasando la carretera —nos contestó.
Tras seguir las instrucciones llegamos al lugar. Justo al final de un campo de cultivo de alfalfa, rábanos y tomate se encontraba una casona acondicionada como bodega donde un centenar de monos de lodo, formados en fila, silenciosamente nos daban la bienvenida. Alejandro Santiago (1964), es originario Teococuilco de Marcos Pérez, Sierra Norte, lugar que abandonó a los nueve años para ir a complementar su educación básica a la ciudad de Oaxaca donde descubrió que lo suyo no era el estudio sino la pintura. Diez años pasaron antes de que regresara a su pueblo para participar en una fiesta patronal; otros diez para que volviera a ir y descubriera que debido a la migración muchas cosas habían cambiado, “desaparecieron todas las veredas llenas de piedras que recorría cuando era niño”. Y es que para Santiago la migración es un mal necesario consecuencia del sistema. “Es una realidad absurda necesaria en las sociedades, pero la culpa la tiene el gobierno por no implementar políticas públicas para detenerla”.
El despertar del genio
De su incursión en la pintura afirma que fue un “mero accidente”, porque nunca tuvo un conocimiento amplio de ella; salió de la primaria con un promedio de 6.4 y no lo aceptaron en la secundaria “…no di una en las clases y menos en los exámenes de admisión…”. Gracias a ello Santiago encontró en la ciudad de Oaxaca el Centro de Educación Artística (Cedart), y ahí su vocación. En 1980, tras terminar la secundaria se integra al Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo; bajo las enseñanzas de los pintores Atanasio García Tapia y Roberto Donis, se hizo parte de una generación tocada por el genio: Emiliano y Maximino López Javier y Felipe Morales, entre otros. Dos años después, tras el cierre del Rufino Tamayo, se integró al Taller de Gráfica Oaxaqueña de Juan Alcázar “…esa fue una época en la que había mucho movimiento, la COCEI y los periodistas…” Fue entonces que Santiago se une a dicho movimiento social, gráfico y plástico, cuando los artistas, asegura, “sí se comprometían con la historia que les tocaba vivir”. En esa época profusa, Santiago recuerda a Rufino Tamayo tomando nieves afuera de la Escuela de Bellas Artes “…yo no me cansaba de mirarlo”. Más tarde aparecería otra fuente de la cual abrevó: Francisco Toledo, quien apoyó a la Coalición Obrero Campesina y Estudiantil del Istmo (COCEI) y encabezó el movimiento de los artistas que su unieron a este grupo perredista. En este tiempo surgió la Casa de la Cultura de Juchitán y se hicieron varios murales, con ella se gestó “un movimiento muy interesante, cosa que ahora no sucede”.
La búsqueda y el encuentro…2501 Migrantes
Para la crítica puede ser una remembranza de los milenarios Guerreros de Terracota desenterrados de la tumba de Qin Shi Huang; o de los famosos Moais, gigantescas figuras humanas de piedra descubiertas en la Isla de Pascua en 1722; tal vez también alude a los Atlantes de Tula o a las colosales cabezas Olmecas, pero el proyecto 2501 Migrantes es por sí mismo un estudio antropológico y una manifestación del más alto sentido humanístico, concebida tras un fuerte análisis del fenómeno social de la migración. Para el artista serrano “es un homenaje a los caídos en la línea, la dignificación por los que ya están allá y son discriminados, y la reflexión por los que se quedan. “Cada escultura pretende reflejar a cada uno de nosotros con ellos, a ellos en su desnudez como migrantes, y a nosotros como parte de la realidad que vivimos”. Y es que Santiago ve en Oaxaca un núcleo plástico en el que, “aunque hay muchos pintores muy buenos, todo gira alrededor de un pastel. Es muy especial (el arte oaxaqueño) en todo el mundo, pero no deja de ser sólo un lujo”. Por ello, en una de estas reflexiones decidió ir a su pueblo, hace más de un año, para encontrar algo diferente, algo suyo: un arte comprometido con la historia. “Me llevé un camión con bastidores, óleos y una máquina para hacer grabado, acomodé todo, compré un cartón de cervezas y unos litros de mezcal. Le dije a mi familia que no quería que me fueran a buscar y decidí hacer pintura propia”, creada a partir de todo el bagaje cultural adquirido en Estados Unidos y Europa “…todo eso quería rumiarlo, pero en mi lugar de origen”. Pasaron las horas acompañadas de cervezas y mezcal. “Sucedió que no vino un amigo ni un compadre ni un familiar a visitarme”. Se dio cuenta que ya no había nadie, todos estaban en los Estados Unidos. Tocado por el hecho y entre tantos mezcales pensó en hacer esculturas de madera para justificar las ausencias. La idea de realizarlas en madera conllevaría más trabajo que si las hacía en barro. Como laboró mucho tiempo haciendo artesanías de cerámica, hojalata, vidrio y las estructuras de madera para los castillos pirotécnicos —en su pueblo lo conocen como cohetero porque iba San Melchor Betaza y Villa de Hidalgo Yalalag a quemar monos y toritos acompañado de una banda de música— decidió hacerlas de barro.
La experiencia
Esa madrugada volvió a Oaxaca y se propuso trabajar en el tema. Pero antes era necesario conocer el fenómeno y vivir la experiencia, así que se compró un boleto de avión para ir a Tijuana y le habló a su hermana; le dijo que le consiguiera dos coyotes porque quería cruzar el desierto “…yo iba bravo”. Una vez ahí el coyote lo miró y revisó entre un montón de credenciales “…me dio una de alguien que más o menos se parecía a mi, no mucho, pero era lo único que había”. A las 11 de la noche lo subieron a un coche y lo llevaron a la frontera, junto con el coyote mostró sus papeles en un puesto de vigilancia y pasaron. Más adelante había otro donde ya no tuvo tanta suerte: lo deportaron a México. Tarde ya, regresaron los coyotes a Tijuana, le dijeron que todo salió mal porque tuvo miedo “…pero cómo no iba a tener miedo”. En ese momento comprendió la realidad que sufren los que se van. Ya no era tan sólo una experiencia sino que había puesto su vida misma en juego. “Esa noche me quedé en un hotel y decidí que al otro día me iría a Monterrey. Pero eso no sucedió, después fuimos a otro lugar y repetimos la operación. Pasamos la línea donde ya nos esperaba un coche que nos fue a dejar a la casa donde vivía mi hermana. Ahí estuve dos semanas encerrado. No podía salir porque era un riesgo, no tanto para mi sino para mi familia”. Santiago recuerda que en aquél tiempo la policía buscaba a un mexicano que había provocado incendios en algunos lugares de California, por lo que varias carreteras estaban cerradas y había “mucha migra por todos los lados”. La única alternativa para salir de ahí era en automóvil, así que tuvo que rentar uno. Al llegar a la agencia observó que sólo había autos compactos. Como iba toda su familia, tuvo que rentar una limosina en 700 dólares. “Los coyotes iban adelante de nosotros. Nos detuvimos entre Los Angeles y San Marcos; antes del último retén me tuve que bajar para subirme a una camioneta llena de pasto, y me fui escondido hasta que llegué a San Francisco”, a la Bond Latin Gallery, misma que le apoya en este proyecto.
La realización
Después de un largo sondeo en cuestiones de técnica, resistencia y color, Alejandro Santiago ha elaborado unas 300 piezas, aunque en este momento serían el doble sin aquel día de lluvia en el que se le mojaron igual número de esculturas que aún no se horneaban “…sólo un montón de barro encontré”. El camino de 2501 Migrantes ha sido sinuoso y ha consumido prácticamente todos sus ahorros. Al principio no fue simple conseguir el barro, el que le funciona muy bien por su resistencia en el trabajo y el horno es el de Atzompa. Por eso —dice— fue a hablar con el presidente municipal y le explicó su proyecto. Le dijo que necesitaba 400 toneladas. Se las negaron, no le podían vender esa cantidad. Días después lo intentó en San Bartolo Coyotepec, pero ese barro es demasiado fino y no tiene la misma resistencia. Fue el ceramista zacatecano Adán Paredes quien le dijo que en su tierra encontraría el barro que necesitaba. Hoy, Alejandro Santiago paga 2 mil 700 pesos por cada tonelada del material que le traen de Zacatecas. Ya con el barro suficiente y tras la elaboración de las primeras piezas se dio cuenta que si les ponía color se perdería el conjunto, y con ello el mensaje, pues interferían muchas líneas, por eso decidió hacer tres distintas series, con igual número de tonos y sin color alguno. Las piezas terminadas muestran una fuerte carga simbólica del fenómeno de migración. Aparte de trabajarlas con las manos las interviene con elementos como huaraches, morrales, canastos, números y letras: la muerte, la vida, el infinito; en fin, hasta las muerde. Y es que asegura que la parte metafísica del trabajo es muy bonita. “Llevan a cuestas el sufrimiento y a veces con los amigos —recuerda la vez que lo visitó Lila Downs— , entre cervezas y mezcales, ponemos algunas velas en la bodega y parece que las piezas se mueven”.
La exhibición
Hasta el momento el artista ha apostado todo su capital en el proyecto. Hace unos meses estaba dispuesto a vender su casa para consumarlo; ya no tendrá que hacerlo pues, a través del pintor Juan Alcázar, las galerías Quetzalli en Oaxaca y Bond Latin en San Francisco, EUA, Santiago se hizo acreedor de una beca de la Fundación Rockefeller para darle continuidad. Gracias a este apoyo Santiago presentará en el mes de febrero parte del proyecto (250 piezas) en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO). Pero será meses después cuando lo lleve a su lugar de origen: Teococuilco de Marcos Pérez, donde colocará las 2501 piezas, “una en el patio de cada casa, en la iglesia, en el palacio municipal, en el panteón, en las veredas, en los nichos, la idea es llenar el pueblo”. Para esta primera presentación el MACO prepara un catálogo que incluirá un texto antropológico que analiza la trascendencia social del proyecto, y el crítico de arte Carlos Aranda hace lo propio para valorar el significado artístico de las piezas que integran 2501 Migrantes. Recientemente Casa Lamm y TVUNAM han documentado el proyecto y sus alcances dentro de la producción plástica actual como parte de un ejercicio que revisa el arte oaxaqueño.
Boleto a Mictlán (Declaración de principios para abrir una caja de Pandora)
…Y un deseo de volver a lo informe brota incesante. Hay mucho que defender. Hay que ser fieles. —Friedrich Hölderlin
I. Celebre bajo cualquier pretexto
Que un grupo de artistas, muchos de ellos avecindados, promuevan en Oaxaca la colectividad usando como excusa el ritual que los mexicanos acostumbramos a la muerte, no sólo muerde la fruta paciana: “Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos”, sino que, al mismo tiempo, intenta desentrañar el gran aparato sistemático que dicta el pulso del arte en su accidentada geografía, al incluir en esta muestra atisbos en masa pero independientes o independizados, y por añadidura irreverentes a todo lineamiento.
II. Destruya los puentes
Boleto a Mictlán es, entonces, una suma de parábolas insurrectas que rastrean acaso la circunferencia de un círculo cualquiera, porque aquí no existen las líneas rectas: “Es preciso destruir el propósito de todos los puentes para vestir de alienación el paisaje de todas las tierras” —sentencia el portugués de los heterónimos—, sin embargo, ya sin puentes y con el paisaje intervenido, la colectividad artística como fundamento promueve el diálogo interdisciplinario, a través del intercambio conjugado para proyectar la unidad de un pequeño universo desterrado del orden.
III. Zoom de retina
En esta conjunción de espacios independientes, donde se hiperboliza en el ojo ajeno, en una suerte de fenomenología, el sadismo de hacer tropezar la mirada y las manos con los elementos, la materia y el color; es decir, las experiencias, se clausuran las vías de análisis de la fauna snob, quedando sólo diminutos golpes de retina: un zoom in a lo profundo en el que las piezas no son más de aquellos que las crean y re-crean constantemente, sino de la colectividad de los que las experimentan —porque el arte tiene carácter de experiencia y no de resultado.
IV. Contemple y libere las distancias
La noción de masa es de suma importancia para comprender el arte actual, pues desde principios del siglo pasado propone reflexionar en torno a la producción, transmisión y recepción haciendo posible la subjetividad proyectada mediante la contemplación. La masa es, pues, una temporalidad completamente diferente a la cronológica, donde todas las distancias métricas y abstractas entre individuos se derrotan, y los participantes devienen próximos. Canetti asentó en Masa y Poder: “Sólo todos juntos pueden liberarse de sus cargas de distancia”. Y eso es exactamente lo que ocurre en Boleto a Mictlán, se posibilita una descarga tal que elimina toda separación, generando así, una sensación de igualdad y alivio.
V. Use y abuse
Y en este ejercicio colectivo están, en una suerte de caja de Pandora, infinitas miradas y voces que atestiguan y declaran la creación como ejercicio continuo, dispuestas a los “usos y abusos” de la experiencia adquirida y de la venidera —como apuntó Ortega y Gasset—, de la experiencia vuelta arte, siempre abierta, una posibilidad de encontrar el boleto para el viaje eternamente cíclico que nos lleva y trae de Mictlán: “vida, muerte y resurrección, estadios de un proceso cósmico”, decían los antiguos mexicanos, quienes adoraban a Mictlantecutli: “Señor del Infierno”, dios de la muerte y del reino de la maldad y de las sombras, a quien acuden las almas de los hombres después de su morada mortal.
* (Datos relevantes para saber si uno está muerto)
Poco después de la muerte se producen ciertos cambios secundarios. Observe si el algor mortis o enfriamiento del cuerpo se realiza en condiciones ordinarias a razón de un grado por hora; o si presenta rigor mortis o rigidez de los músculos que generalmente se inicia en los músculos voluntarios dentro de las doce primeras horas y cesa a los tres o cuatro días; probablemente es consecuencia de un cambio químico caracterizado por la precipitación de las proteínas a medida que los músculos se tornan más ácidos. Fíjese en el color de su piel, pues como la sangre se detiene en ciertas partes, algunos tejidos adquieren un color rojo, fenómeno denominado livor mortis, además la sangre se coagula y la córnea de los ojos se seca, vitrifica y arruga. El último, aunque el más perceptible de los datos, es la putrefacción, proceso por el cual los tejidos del cuerpo se descomponen en elementos químicos simples…
Askari Mateos nace en Oaxaca de Juárez, Oaxaca. Cursa estudios de fotografía en la Ciudad de México y formó parte de la generación XLI del Diplomado de Creación Literaria de SOGEM. Desde 2003 ha sido colaborador de periódicos y revistas en Oaxaca: El Imparcial, Revista Mujeres, Go-Oaxaca, Oaxaca Times y El Oaxaqueño (este último editado en Los Ángeles, California, EUA, como órgano de difusión de la comunidad de migrantes oaxaqueños). Textos suyos se han publicado en La Jornada, Unomásuno, Arte al Día, La Manzana y las revistas Navegaciones Sur, El Huevo, Este País y Replicante. Ha colaborado también con The Daily Mirror y Rawvision.
Como fotógrafo ha participado en exposiciones colectivas en la Ciudad de México y Oaxaca.
En 2004 obtuvo la beca de Difusión del Patrimonio Cultural del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOESCA). Y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en 2005-2006 y 2007-2008, en la disciplina de Letras (Cuento). Sus textos han sido incluidos en las antologías de Relato Breve, Mano de Obra (I.C.C, Almadía, 2005, 2006) y en Cartografía de la Literatura Oaxaqueña (Almadía, 2007). Es autor del libro Cuarenta Grados (Tierra Adentro, 2009).
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