20080327

El Gran Vidrio, de Mario Bellatín, ¿escribir por escribir?


Tardé en llegar a lo que Mario Bellatín (Ciudad de México, 1960) se propone en el lector de sus obras: “que nadie crea un ápice de lo que está escrito”. Antes tuve que leer su Obra Reunida (Alfaguara, 2005) y después El Gran Vidrio (Anagrama, 2007). El proceso para descubrir el truco fue develado a medida de que el índice se fue agotando. Y es que al final de Obra Reunida aparece el ¿ensayo? Underwood Portátil. Modelo 1915, en el que su autor afirma: “Y eso, que para muchos es motivo de elogio, para mí no es sino una condición como cualquier otra que no tengo más remedio que soportar”. Supongo que es porque ahora es bien visto que los magos revelen la mecánica de la ilusión con la que han impresionado al espectador: la verdad en la mentira de la ficción. Sin embargo, no dejo de pensar en cómo alguien que evidentemente ha cosechado éxito en el mundillo literario e incluso se esfuerce y comprometa en llevar su obra por derroteros incluso echando mano de otras disciplinas artísticas, pueda sostener hacerlo en la inconciencia:“escribir por escribir”.
Tal vez, como él mismo declara, escribir es un ejercicio que soporta por una suerte de venganza contra su familia, que se opuso a que escribiera. La lectura de la mentira que Underwood Portátil. Modelo 1915 entraña me arrojó más de una verdad. La primera, que el texto es un manual de contradicciones, pues el autor habla de su aberración a la escritura y la estructura, pero se deleita contándonos cómo fue que hizo —ya sin la culpa que dice sentir al escribir— para concebir y estructurar sus novelas; habla de sus búsquedas, pero es la máquina, la underwood portátil, la que dicta las palabras que ha de imprimir. Y a pesar de que dice no recordar “haber dejado nunca pendiente algo por el hecho de escribir… actividad tan absurda”, encuentra el sentido de este ejercicio vengativo en el placer del “sonido que surge de las teclas”. La segunda, que Mario Bellatín, el personaje, es una extensión del misterio que su escritura ha creado. No es importante lo que dice sino, precisamente, el misterio que esconde, de ahí su éxito. Cierto es que, como ocurre en muchos casos, el autor de Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, Jacobo el mutante, Perros héroes, Flores —novelas que me remiten a otros textos más logrados de escritura fragmentada (Georges Perec) o al uso de la fotografía (W.G. Sebald)— se ha ganado un sitio en el mercado de la literatura mexicana.
Ahora bien, en el Gran Vidrio Bellatín afirma haberse inspirado en una celebración: “Es una fiesta que anualmente se realiza en las ruinas de los edificios destruidos en la Ciudad de México, donde viven cientos de familias organizadas en brigadas que impiden su desalojo”. A mí, francamente, me lleva a pensar más en la pieza homónima de Marcel Duchamp. Y es que, en la nueva novela de Bellatín, con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2008, ensaya —sin mucho éxito— la misma teoría del artista francés: una pieza que pretende ser otra cosa, un brinco a otro terreno cuyas raíces permanecen en el primero, una invención conceptual. Sólo que, a mi juicio, Bellatín se pierde en el intento y nos entrega tres supuestas falsas autobiografías (Mi piel, luminosa, La verdadera enfermedad de la sheika y Un personaje en apariencia moderno) arrebujadas, como buen mago, en los misterios ya nada novedosos de sus estructuras fragmentadas y sus temas. Como conclusión, al igual que la pieza de Duchamp, El Gran Vidrio de Bellatín es una obra inacabada, pero obra de arte al fin.
La primera de las tres falsas biografías: Mi piel, luminosa, narra la historia de una madre que exhibe los genitales de su hijo en unos baños públicos con la finalidad de ser favorecida con ciertos objetos, entre ellos, lápiz labiales cuyos colores una vez en su boca la obsesionan. Bellatín cuenta la historia numerando cada una de las oraciones. Este ejercicio, ha declarado el autor, “es una suerte de vanguardia, traté de hacer evidente cada fragmento, entretejido en un universo completo. Es un larga letanía que muestra múltiples realidades de forma paralela”. Yo me pregunto dónde está la vanguardia si este tipo de ejercicio de numeración, y de apelar al recuerdo —como también él dijo que ha hecho para concebir El Gran Vidrio—, tiene una referencia —y la tiene en las tres falsas autobiografías— en los 480 recuerdos fragmentarios que pueden leerse como lo más cercano a una autobiografía de George Perec y, primero, en todo caso, en I remember de Joe Brainard.
En La verdadera enfermedad de la sheika, a decir de Bellatín, se ha inspirado en lo mahometano: el baile de un derviche para ser específico. Es una especie de meta-literatura que cuenta la historia de un escritor que ha escrito para la revista Playboy un texto homónimo al título. Por su parte, Un personaje en apariencia moderno es un relato en torno a la búsqueda de un Renault 5, que después disgrega en meta-literatura parecida al anterior, pero a mi juicio un poco —sólo un poco— más honesto, pues el autor va de la voz femenina a la masculina sin ningún reparo y confiesa, entre otras cosas en segundo plano, parte de sus trucos para concebir algunas de sus anteriores novelas: una especie de reciclaje de Underwood Portátil. Modelo 1915. Personalmente, esta última parte de El Gran Vidrio, me recordó a Vueltas Nocturnas o Experiencias Sexuales de Dos Gemelos Siameses, de Truman Capote, por dos razones: las confesiones y la eliminación de los límites entre la realidad y la ficción. Sólo que a Bellatín se le olvidó llevar el texto hasta sus últimas consecuencias, como sí lo hizo el autor de A Sangre Fría: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. La lectura en conjunto de las obras de Bellatín, por alguna razón también me llevó a pensar en los relatos fantasiosos del Barón Munchausen, en esa suerte de embaucador que se inventa a sí mismo como mejor persona, pero en el caso de Bellatín al revés —me refiero al misterio del personaje que engendra Bellatín—, pero con la diferencia de que el autor nos enseña el truco de su magia que explota la degradación y la victimización con la inconciencia —supongo que la misma con la que dice escribir— del que se procura la aceptación y admiración del lector y la crítica. Dicho sea, pues, hay que “escribir por escribir”. Más sobre Bellatín aquí.

20080317

Yo maté a Saint-Exupéry


Los principales diarios del mundo publicaron ayer (16 de marzo, 2008) que Horst Rippert, un piloto alemán de 88 años, ha reconocido ser el autor de los disparos que abatieron el avión que dirigía Antoine de Saint-Exupéry en 1944 y cuyo cadáver nunca ha sido encontrado. Según se sabe, Saint-Exupéry despegó el 31 de julio de 1944 de su base en la isla de Córcega para una misión de reconocimiento a bordo de un avión Lightning P38, pero nunca regresó. "Pueden dejar de buscar. Fui yo quien abatió a Saint-Exupéry", dijo Rippert cuando fue localizado por los investigadores franceses del diaro La Provence. Según el relato que ha hecho, Ripper llevaba dos semanas de servicio en la costa sur de Francia cuando en la mañana del 31 de julio de 1944 identificó un Lightning 38 y se dirigió hacia el aparato, mismo que alcanzó con varios impactos, tras lo cual vio que caía sobre las aguas, pero no se percató de qué había ocurrido con el piloto. "Fue después cuando supe que era Saint-Exupéry. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y los adorábamos", explicó el hoy octogenario Rippert.
Finalmente, el misterio de la desaparición de Saint-Exupéry, que había sido aviador para los servicios de correo aéreo francés durante años, parece aclarado. En 1998 un pescador encontró entre sus redes una pulsera de oro con el nombre del escritor grabado. Dos años más tarde se localizaron los restos del que se suponía era su aparato, suposición que quedó confirmada tres años después, cuando un submarino rescató los restos del fondo del mar y se pudo comprobar el número de serie del avión y constatar que se trataba del mismo que había despegado del aeropuerto corso de Borgo pilotado por Saint-Exupéry.
El vuelo de Saint-Exupéry se producía 15 días antes del desembarco aliado en la Provenza, tras el gran desembarco en Normandía, en junio. Se trataba de una operación destinada a obligar a las tropas alemanas a emprender la retirada definitiva hacia su país, creándoles un segundo frente en territorio francés que iban a ser incapaces de resistir. El escritor tenía como misión fotografiar las defensas germanas en la zona. Ahora Rippert explica la situación en el aire ese día de julio de 1934. "Me dije que si no se largaba iba a derribarle. Disparé y vi cómo le alcanzaba y caía, derecho al agua".
Rippert, que entonces tenía 20 años y era un piloto con muchas victorias en su palmarés, no encontró grandes dificultades para abatir el avión de su rival. El Masserchmidt ME-109 que tripulaba era más rápido y potente que el aparato del francés. Durante años Rippert ha ejercido como periodista, trabajando para la televisión pública alemana ZDF.
Rippert declaró en conversación telefónica que él había volado en una misión de reconocimiento el mismo día que desapareció el escritor. "Sé que derribé un avión como el de Exupéry. A él no lo vi. En pleno vuelo no se puede mirar en la cabina de otro avión".
Recuerda que pilotaba un caza Me-109 con base en Aix-en-Provence. "Era un día precioso, soleado. Despegué en una misión de reconocimiento. Debía vigilar la zona. Entonces entró Exupéry con su aparato, se puso en medio y yo disparé como era mi deber. El trasto se fue al agua, no tuvo tiempo para reaccionar", relata el que fuera piloto hasta el final de la guerra y posteriormente periodista de deportes en la segunda cadena estatal de la televisión alemana.
Añade, en su intento de explicar lo que ocurrió entonces, que los disparos contra el avión del escritor se enmarcaban en una acción de guerra. "Fue uno de mis 28 derribos. Yo nunca apunté contra personas, y le diré más: de haber sabido que Saint-Exupéry iba en ese avión, no hubiera disparado. Ya entonces había leído todos sus libros, era un escritor célebre. Pero yo no lo sabía, ni siquiera hoy puedo estar del todo seguro".
(Fuente, El País)